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Helado de Praline Caramel (Mi segundo nuevo nacimiento)

La luz era tenue y delicada, algunos matorrales habían crecido demasiado y cubrían gran parte de su esplendor: era el típico farol de patio el que alumbraba la entrada de su casa, acompañada de lozetas, adornos y los sonidos típicos de cualquier noche taciturna. La banca en la que estábamos sentados era pequeña, apenas cabían dos personas. La angostura invitaba a abrazarse y el caprichoso frío de enero invitaba a que el abrazo fuese caluroso. Pero esa noche la conversación no sería más sobre romance, sueños e ilusiones; mucho menos terminaría en un abrazo caluroso y reconfortante. De hecho, al despedirme de ella esa noche, el abrazo se convertiría en el abrazo más frío del que yo tenga memoria, uno que recuerdo con sabor a…

“-¿Helado de Praline Caramel? ¿Estás segura?

-Claro! es el mejor para la depre.”

Ella lo dijo como quien habla con conocimiento, como quien no necesita que le cuenten.

“-La primera vez que yo me desenamoré,- continuó -lloré un mes entero, y lo único que calmaba el dolor (y sólo un poco) era el helado de praline caramel de Baskin Robbins.”

“-Oye, pero ¿qué quieres que haga yo si ya casi no hay Baskin Robbins?”

“No te preocupes, el de Doplhy debe ser igual de bueno…”

Toda la conversación había fluído durante casi dos horas de manera sumamente casual, como quien habla con un amigo, con el que realmente no pasa nada, no hay expectativas ni exigencias, pero de pronto en ese momento el siguiente silencio en particular se volvió incómodo. La tensión se volvió tan densa que casi podía cortarse con un cuchillo. Casi parecía, por su rostro, que ella podía predecir lo que le iba a preguntar:

“-¿De verdad estás segura que ya no me amas?

-…sí.

-¿No crees que quizá sea solo algo pasajero?, hace un mes las cosas eran diferentes, quizá si dejamos pasar un tiem…

-Omar! tu y tus tiempos! por favor, ya lo intentamos, no lo hagas más difícil, por favor…”

Ese último “por favor” llevaba un tono de reclamo, pero a la vez tierno, una habilidad que me encantaba de Ella ya que era muy poco común entre las chicas de su edad. Abrí mi boca para seguir la conversación, con esa imprudencia que me caracteriza, pero algo dentro de mi se sentía cansado de seguir insistiendo, algo dentro de mi, sabía que ya había forzado demasiado la relación, que ya era el momento de, finalmente… dejarla ir.

“-Está bien, recuerda que siempre serás muy especial para mi, nunca te voy a olvidar.”

“-Si claro,- en este momento, con sinceridad, no pude discernir si había sarcasmo en su “sí claro”. -Todo será mejor después de unos meses, ya lo verás.”

“-No entiendo porqué aún no me siento mal.”- Le respondí, con la esperanza de que mi caso fuese distinto de el de tantas personas en el mundo que han pasado por mi situación.

“Estás en shock, ya te caerá el veinte. No olvides el helado…”

Así, nos dimos ese mencionado abrazo y me dirigí hacia su puerta haciendo mi más grande esfuerzo por no dejar atrás el estado de shock. Miles de ideas cruzaban mi mente, entre justificaciones, reclamos hacia Ella, hacia mi mismo, tanto que me quedaba por decir y hacer y las cosas simplemente se quedaban así. Pero fue en el momento que encendí mi automóvil el shock me abandonó.

Empieza con un gemido seco, como que no lo esperas y por tanto no tienes el suficiente aire en los pulmones como para que el gemido se logre completo. Luego tomas aire y comienzan a fluir las lágrimas como si hubieran estado impacientes, esperando el momento justo para salir. No estás seguro el verdadero motivo de ese sentimiento, de ese estado de crisis emocional. Puede ser coraje, tristeza o impotencia, realmente no importa mucho. Tan sólo te queda resistirte, intentando que desaparezca por medio de la negación o el olvido, o dejarte llevar, y permitirle al sentimiento que se apodere de cada uno de las ramificaciones de tu sistema nervioso. Lo natural, al inicio, es optar por resistirte. Por los propios prejuicios de que los hombres no lloran y demás, pero también por lo que vayan a decir los conductores que se te quedan viendo cuando te detienes en el semáforo en rojo.

Cuando llegué a casa, había logrado resistirme un poco, y cuando mis papás preguntaron cómo me había ido, un sólo gesto fue suficiente para que supieran que nada bien. No me hicieron preguntas, tan sólo me despedí de ellos y me fui a dormir, o eso pensaba yo, ya que sería la primer noche de mi vida en la que no podría conciliar el sueño por causa del dolor emocional.

El problema del dolor emocional intenso es que, a diferencia del dolor físico, no se puede eliminar por medio de medicamentos. Conciliar el sueño tan sólo ayuda temporalmente, ya que al despertar, basta sólo un segundo para recordar la circunstancia que te aqueja y continuar donde te quedaste. A pesar de ello, esta experiencia iba a transformar mi manera de ver el mundo una vez más. Esta experiencia emocional forma parte de mi vida de una manera tan marcada, que lo que sucedió esa noche muy difícilmente puede ser contado de manera similar por otras personas:

Por ahí como de las tres o cuatro de la mañana, estaba yo en un estado intermedio entre el sueño y la conciencia, recordando momentos, resistiendo el dolor, intentando olvidar; cuando de pronto, tuve un espontáneo regreso a la conciencia. Es como cuando estás soñando y sientes que te vas a caer y de pronto despiertas para darte cuenta que no es así. No puedo decir que escuché una voz audible, pero sí era muy clara. No sé si mi subconsciente se lo decía a mi mente consciente, o si alguien o algo insertó esas ideas en mi mente. No sé si se puede decir que fue una visión, o que “Dios me habló” ni mucho menos. No intento afirmar ninguna de estas cosas, tan sólo quiero describir cómo lo experimenté:

“-Omar, ¿me amas?
-Claro que te amo, lo sabes, más de alguna vez me arrodillé para expresártelo. Pero mira nada más como me tienes en estos momentos, ¿no crees que unas palabras de consuelo serían mucho más útiles? Bla, bla, bla…”- Continué como otros diez minutos cuando me interrumpió la voz:

“-Omar, ¿me amas?
-¿Qué dices? Ya lo sabes bien! Bueno, tienes razón, tu no me tienes en esta circunstancia, es algo que yo elegí al momento de dejarme enamorar por ella, y todo lo que no supe hacer bien después; además de lo que ella no supo hacer bien, claro. Pero… bla, bla, bla…” Por última vez, la voz me interrumpió:

“-Omar, ¿me amas?
-…”

Fue en la tercera vez cuando ya no pude decir nada. Recordé aquél pasaje bíblico de Pedro y Jesús resucitado y supe que la pregunta tenía mucho más relevancia a mi situación de despecho de lo que yo creí en un principio. La realidad es que la pregunta sólo era una manera diferente de preguntarme:

“-Omar, si yo te pidiera que vivieras el dolor que estas viviendo en estos momentos durante mucho tiempo y con más frecuencia… si este tipo de dolor fuera algo natural y primordial a vivir en la misión para la que te estoy preparando, ¿estarías dispuesto a sufrirlo y seguir adelante por mi? ¿En verdad me amas tanto así?”

Me quedé callado. Seguí luchando contra el dolor por como una hora. No podía responder ya que sabía que las mentiras eran inútiles, y este tipo de preguntas no se podían responder a la ligera. Realmente nunca había considerado esa posibilidad. Siempre creí que por derecho me tocaba cierto grado de felicidad, por ser noble, obediente o por hacer cosas buenas. Pero después de una o dos horas (realmente me pareció una eternidad), después de haber estado luchando sin lograr ahuyentar el dolor ni librarme de contestar tan tremenda pregunta, no pude más. Me levanté y me arrodillé en mi cama y entre sollozos y sin saber a ciencia cierta si sería capaz de cumplir mis palabras, dije audiblemente:

“¡Sí!, sí te amo y estoy dispuesto a seguir sufriendo este dolor por más tiempo si así me lo pides. No tengo a ningún otro lado a dónde ir. No tengo ningún otro mejor destino o misión o visión. Toda mi vida es tuya y sólo en ti encuentro plenitud, así que si mi misión implica ésta o cualquier otra clase de sufrimiento, que así sea.”

En ese momento dejé de resistirme. El dolor comenzó a apoderarse de cada nervio de mi cuerpo, lo dejé que recorriera cada extremidad, que llegara hasta la punta de mis dedos, permití que fluyera libremente junto con un llanto profundo y auténtico sin ningún prejuicio o limitación.

No sé cuánto tiempo permanecí en ese estado, intentando comprender lo que acababa de suceder, y la clase de compromiso que acababa de tomar, pero recuerdo que comenzó a amanecer y con el sol llegó un nuevo tipo de tristeza, una tristeza que no detiene, una depresión que energiza, que canaliza lo que se siente en la creación de cosas productivas. Esa energía me duró cerca de un mes, donde hice canciones, escribí momentos, di consejos, y en general me sentí primordialmente útil. Y aún después del mes, nunca pude volver a ver la vida de la misma manera. Me di cuenta que el propósito de estar en este mundo dista mucho de simplemente ser felices y que Dios haga cosas milagrosas por nosotros (como en mi primer nuevo nacimiento). Se trata de otro tipo de experiencia, una de sentirse útiles, de que nuestras vidas tengan un significado trascendente y eterno, de que cada momento sepamos canalizarlo con amor a crear, producir y hacer del mundo un lugar un poco mejor de como lo encontramos; y ese significado es el mejor antídoto contra la depresión o la tristeza. No que se deshaga de ella, o se deje de sentir, pero sí la redefine por completo en algo bello y profundo que transforma nuestras vidas y nos permite nacer de nuevo… una vez más. Definitivamente no cambiaría esta experiencia por nada del mundo, aún a pesar del tremendo dolor emocional que implicó; significó para mi un cambio de piel, un nuevo ciclo: un segundo nuevo nacimiento… lo que no sabía es que no iba a ser el último.

***

Una semana después, venía entrando a casa, regresando de la escuela, cuando escuché que desde la cocina mi mamá me preguntaba:

“¡Omar! – ¿tú sabes quién compró este helado Doplhy sabor Praline Caramel?”

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