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Milagros y percepciones (Mi primer nuevo nacimiento)

“Milagro: un hecho muy poco probable que al suceder en un tiempo y espacio determinados, toma un fuerte significado narrativo para el que le aprecia como algo deseable, lo que le orilla a atribuirle origen divino.”
Es mi mejor definición de “milagro” al día de hoy. No me la saqué de un libro, no la leí de la Biblia o de algún autor (la Biblia no se desgasta intentando definir su propia interpretación del universo). Me ha costado poco más de 15 años llegar a esta definición. El milagro por definición es, como pueden apreciar, algo que percibo como sumamente subjetivo. Tengo que reconocerlo a pesar de que yo mismo he sido testigo de más de alguno de estos hechos muy poco probables, pero que han tomado un fuerte significado en mi vida y no me ha quedado de otra que atribuirles origen divino. Aunque no de la forma con que tradicionalmente se les atribuye.
Déjenme aclararles que no ha sido equivocación que la palabra “sobrenatural” se encuentre ausente en mi definición. O una de dos, o lo sobrenatural simplemente no existe (porque cualquier intervención divina es natural excepto para los que no la comprendamos), o simplemente TODO lo que podemos experimentar es sobrenatural de origen (porque hay quienes argumentan matemáticamente que lo “imposible” es lo común en nuestro universo). Dejaré el tema filosófico aquí, porque ya hay otros autores que me superan por mucho y que han definido la diferencia entre natural y sobrenatural mucho mejor de lo que yo podría hacerlo en este blog (“Los milagros”, C.S. Lewis. Sí, el mismo que el de Las Crónicas de Narnia). Me remitiré por tanto a platicarles mi primer experiencia subjetiva con lo que llamamos “milagros” y como definió mi futuro hasta el día de hoy, a pesar de haber sido una experiencia sumamente terrenal.
Tenía como 13 o 14 años. Tengo que reconocer que en ese entonces la música popular no me gustaba. No le veía sentido a andar cantando por ahí, a andar diciendo cosas en las letras de las canciones que realmente uno no sentía o no se identificaba por completo. Veía a mis compañeros que en las fiestas, reuniones o en la escuela tarareaban y cantaban canciones de moda de las que sólo una parte, si acaso, eran similares a sus propias vidas. Me parecía algo ridículo cómo mucha gente se influenciaba tan fácilmente por la misma música y como podían perder el control o explotar de emoción al escuchar determinada canción en determinado momento dado. Esto no quiere decir que yo no escuchara música, pero eran pocas las canciones con que yo me podía identificar por completo, y la verdad es que esas canciones eran cero populares.
Este mismo sentir se traducía en otros ámbitos de mi vida, incluyendo el espiritual. Mis papás se hicieron cristianos evangélicos cuando yo tenía siete años, y para este entonces, yo ya había sido formado tanto en la cosmovisión católica, como en la evangélica por igual. (Siempre asistí a escuelas católicas hasta la prepa). La realidad es que los domingos que había que ir a la iglesia, me daba mucha flojera llegar a la “alabanza y adoración”, que en las iglesias cristianas sucede por por lo menos media hora antes de comenzar el sermón y demás procesos litúrgicos, y donde todos cantan canciones a Dios o sobre Dios. Por eso me tardaba para vestirme en la mañana, andaba “con mis pachorras” con el fin de retrasar lo más posible a mi familia y que la “tortura” de andar cante y cante durase el menor tiempo posible. Hasta eso el sermón no me aburría tanto, ya que había predicadores que solían decir algunos chistes interesantes o ideas para reflexionar bien armadas.
Durante el tiempo de alabanza, aprovechaba para reflexionar y/o orar. Le preguntaba a Dios cosas, sin chiste, de la vida diaria, o preguntas muy profundas para mi edad de adolescente. Le preguntaba si existía Él en realidad y si en verdad esa iglesia a la que iba era “la mera neta” o así como alguna vez había cambiado del catolicismo al cristianismo, algún día tendría que cambiar a otra religión que fuese “más verdadera”. Claro, los cristianos decíamos que no éramos “otra religión” sino un estilo de vida (algo así como los budistas modernos) pero finalmente nos vendíamos en el mismo mostrador de la tienda de cosmovisiones.
Pero no fue sino hasta un miércoles en que decidí ir por mi cuenta a la iglesia, que cierta cadena de eventos se comenzarían a desatar en mi vida. Los miércoles era sólo un culto de oración y alabanza, no había sermón (en teoría), pero mis papás casi no asistían por que tenían sus agendas apretadas. Yo tenía ganas de algo sobrenatural, de una experiencia espiritual, así que me fui en camión a la iglesia con la esperanza de que esa noche fuese “mi noche”. Me decía a mi mismo: “quizá no me gusta la alabanza porque no quiero que me guste, quizá si me forzo a disfrutarla lo logre y pueda poner cara de iluminado como la que pone la gente cuando alza las manos y cierra los ojos mientras canta”.
El líder del grupo musical dijo que sólo cantarían tres cantos. Cerré los ojos ya que me sabía de memoria las letras y alcé las manos ignorando que me daba vergüenza que se me quedaran viendo los de al lado. Canté y canté y nada. No había experiencia tal. Me imaginaba las letras, las quería sentir reales, pero no podía. Así que al terminar la segunda canción y que el líder se puso a orar, yo hice una declaración interna radical. Dije: “Señor, ¡ya basta!, te busco y te busco y no te siento. Sabes que hay una alabanza que me gusta mucho, esa de “tenemos tantas razones”. Hace más de seis meses que no la tocan. Si de veras me quieres aquí, ¡haz que la toquen!”.
Pueden adivinar lo que sucedió después. Terminando de orar, el líder comenzó a cantar la canción. Yo no lo podía creer, de pronto sentí que había sido tan ridículamente infantil. ¿Cómo me atrevía a pedirle a Dios que cumpliera mi caprichito? ¡Pero lo peor de todo es que me lo había cumplido! No pude evitarlo y con todo y que tenía los ojos cerrados cantando, lágrimas comenzaron a correr por mis mejillas. A pesar de que me había sentado hasta atrás, hubo gente que notó que estaba muy alterado emocionalmente, pero a pesar de eso comencé a llorar como niño mientras cantábamos el coro…
“// Te alabamos Señor con nuestros corazones
No podemos callar, tenemos tantas razones //
Para levantar tu Nombre.”
Se podría decir que en ese momento “volví a nacer”. ¡Yo quería tener tantas razones! La verdad es que creía que no las tenía, pero ¡quería tenerlas! Por eso me gustaba la canción y escuchar esa canción en esos momentos, ¡me daba la que para mí era la primera razón para alabar! Fue muy curioso. Repito: una alabanza me daba la primer razón para alabar… a partir de ahí, mi percepción sobre la música y la espiritualidad comenzó a cambiar radicalmente.
Tan radicalmente que uno o dos años después de esa experiencia decidí bautizarme como cristiano evangélico (es como un bautizo católico, pero ya de “adulto”. Te metes en alguna pileta, río o alberca y confiesas la fe cristiana enfrente de la congregación y oran y cantan alguna de tus canciones preferidas. Irónicamente, la canción que elegí ese día se llamaba “Señor, hazme un radical”). La verdad es que este evento no me hizo llorar. No sentí nada, sólo declaré que seguiría a Jesús como Señor y Salvador, me dieron un baño en la pileta, y cantaron la canción que había elegido. No bajó ninguna paloma mensajera, no se escucharon truenos, no tuve una transformación o ganas de llorar. Al día siguiente seguía siendo la misma persona que el día anterior. Fue como cualquier día, uno de los eventos más ordinarios de mi vida, y que si lo recuerdo fielmente es porque de alguna manera me sentía mal por que fuese tan ordinario y me forcé a mí mismo a recordarlo lo mejor posible para darle alguna importancia. En resumen, mi primer nuevo nacimiento fue una decisión sumamente racional, desatada por un evento que subjetivamente me pareció divino o “sobrenatural”.
Sin embargo, en ese entonces no me imaginaba siquiera la magnitud de los nuevos nacimientos que vendrían después, de la experiencia de vida que me esperaba y de lo diferente que llegaría a percibir el verdadero significado del cristianismo y de mi existencia en general. Realmente esta experiencia pasó como un evento más en mi adolescencia. Fue menos como un “final de temporada” de alguna serie de tv de moda, y más como el final del primer capítulo, no tan interesante, pero que explica el porqué ciertos eventos se desenvolverían de la manera en que lo hicieron después. Eventos que no podrían haber sido más extraordinarios, porque entonces serían increíbles…
Continuará…

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