Posted by: oviazcan Anécdota 9 comments

Tiro libre directo…

Casi se podía escuchar claramente la musiquita típica que ponen en los duelos en las películas de vaqueros: Turu ruru ruuu Waa WA Wa! Un vistazo rápido al campo de futbol te permitía darte cuenta del nerviosismo existente en ambos equipos, que se encontraban concentrados en una de las porterías para efectuar un tiro libre directo. El partido estaba a punto de terminar y hasta el portero del equipo contrario se encontraba cerca para ver de primera mano cómo acabarían las cosas.

El tirador y el portero se miraban fijamente a los ojos de manera desafiante, mientras que los demás jugadores animaban efusivamente a su propio bando. El silbatazo sonó y calló sobre el campo un silencio tan denso que casi se podía cortar con un cuchillo. El tirador era Edgar, alias el “tortas”, se imaginarán por tanto su complexión y la capacidad de momentum que era capaz de imprimir en el esférico. Todo estaba muy bien planeado, habian elegido al mejor tirador, para ejecutar lo que sería la última jugada del último partido de la temporada, y el marcador se encontraba a ceros. Edgar se movió en cámara lenta, y se notaba claramente que estaba ejecutando el trayazo más fuerte que su voluptuosa complexión le permitía ejecutar. El balón tomó tal fuerza que se deformó así como se ve en las caricaturas de los supercampeones y en cuanto estaba apunto de llegar a la portería… ¡Tuc! Se me apagó la televisión mental, ya no supe qué pasó. Y lo malo es que el portero era yo…

***

Quienes me conocen, podrán dar testimonio de que lo mío, lo mío, nunca han sido los deportes. Pero eso fue justamente lo que esa temporada me permitió ser el capitán del equipo, y no tenía idea de las implicaciones que esto tendría en mi desarrollo como persona.
Cuando estás en 6to de primaria, lo menos que te puede preocupar es desarrollar habilidades de liderazgo o cosas así, pero ser bueno en el futbol, ¡vaya que te importa! Tu talento futbolístico es una medida proporcional de tu popularidad. Yo no lo entendía entonces, pero mi maestro Alejandro sí, así que decidió, en un intento por redistribuir la popularidad a los niños que les hacía más falta, que los cuatro niños que siempre elegian hasta el último para los equipos de futbol fueran en esta ocasión los capitanes de los equipos para el torneo de los recreos del segundo semestre académico.
Adivinaron, yo era uno de ellos.

Obviamente, nuestra falta de habilidad en los deportes se vio reflejada en la calidad de la formación que elegimos y, por lo tanto, en la calidad de los partidos del semestre. He de confesar que se siente bien el efecto del “socialismo de la popularidad”, ya que no hubo en esa ocasión un equipo que sobresaliera ampliamente de los demás y la popularidad se distribuyó entre los cuatro. Lo patético del caso es que aún así mi equipo iba en último lugar. Era de esperarse si se toma en cuenta que nunca me había tocado ser líder de nada, por lo que a la hora de tomar decisiones en el campo, tenía como cinco o seis “consejeros conocedores” que opinaban y yo terminaba siempre cediendo ante sus “sugerencias”. Pero eso estaba por cambiar… aunque fuera en el último partido de la temporada.

-“No!, no! Omar!, tu no sabes de estas cosas, déjanos decidir a nosotros! Tu no puedes ser portero, nos van a golear!”
–“Pues yo soy el capitán y yo decido ser el portero. Además, todo el semestre les he hecho caso y seguimos en último lugar.”
-“Pues sí Omar, pero con el equipo chafa que elegiste qué más querías! Déjanos terminar nuestro último partido sin ser humillados!”
–“Nimodo! es mi última oportunidad y la voy a tomar, sino luego me voy a estar arrepintiendo. Aguántense!”
Los niños se resignaron, y la reacción que tuvieron me sorprendió grandemente. En vez de que mi popularidad se viera aplastada por los suelos, pareciera que una vez resignados, mis compañeros se comprometieron con mi decisión: reforzaron la defensa, muchos se pusieron a darme consejos en los tiempos muertos y se echaban porras los unos a los otros.

El partido estuvo muy reñido. El equipo contrario era considerado el mejor de los cuatro y cuando vieron que el marcador seguía cero a cero y ya estaba por terminar el recreo, se notaba en sus caras la frustración clásica del que le pegan en el orgullo. Mi defensa estuvo muy activa y protegiendo mucho la portería y aún cuando los delanteros contrarios lograban tirar, me sorprendí de las cuatro o cinco veces que paré el balón. Todo iba a la perfección, hasta que faltando tres minutos para terminar el partido, uno de mis defensas cometió falta muy cerca de la portería, pero fuera del área, por lo que se marcó un tiro libre directo.

Casi se podía escuchar claramente la musiquita típica que ponen en los duelos en las películas de vaqueros…

***

Mientras abría los ojos, pude escuchar el timbre para regresar a clases: el partido había terminado. Pero mis compañeros no se movían, estaban estupefactos al ver el balón en el suelo a unos cuantos metros de la portería: ¡había parado el trayazo! No les puedo describir el tremendo golpazo que recibí y mis manos se habían torcido fuertemente por el balón, ya que lo menos que se me había ocurrido era usar guantes. Mis compañeros me asistieron y en medio de porras y ánimos me levantaron en hombros y me llevaron hasta la enfermería por unas vendas, orgullosos de su capitán y de que aún en medio de mi terquedad, habíamos logrado empatar con el mejor equipo del semestre. Nunca imaginé que una decisión de aparente “terquedad” me fuese a permitir terminar mi primaria con tal lección de madurez y jamás olvidaré el día en que tomé mi primera decisión… por mí mismo.

En ocasiones me pregunto si no exageramos un poco al considerar la terquedad de las personas. Hay quienes dicen que ante toda decisión, debemos de pedir a Dios que nos “muestre” su voluntad, para así decidir a la segura, y no ser tercos en tomar decisiones por nosotros mismos. Yo creo que es posible que en un inicio sea necesario, pues somos niños, pero cualquier niño que aprende a andar en bicicleta, llega un momento en que le pide a su papá que lo deje intentar él sólo, y si no, el papá lo suelta por un momento para que se de cuenta que ya puede hacerlo. Es parte de aprender a decidir, es parte de aprender a madurar. Creo que muchas veces que inundamos a Dios con nuestras oraciones, estamos en realidad ignorando lo que tantas veces nos ha gritado ya: que su voluntad no es otra que el que aprendamos a decidir por nosotros mismos, a la manera en que el nos ha mostrado ya; aprendiendo así a saltar el abismo del riesgo, y quizá caer, pero también levantarnos y reinventarnos para madurar. Estoy seguro que en medio de esto, Dios sonreirá, y aunque él habría podido decidir algo por nosotros, se deleitará, no en que hayamos decidido lo mejor, sino simplemente en el hecho de que nos hayamos atrevido a hacerlo.

Muchas veces la mejor decisión, es atrevernos a tomar una decisión. O ¿tu qué piensas?

9 comments

  • UCLi 7 December, 2008 at 1:06 pm

    Ser perfecto

    Es verdad que todo lo que Dios hizo era perfecto (o “muy bueno”). Pero también es verdad que una de las muchas cosas buenas que hizo Dios fueron los seres libres. Los seres libres lo son porque no sólo pueden hacer el bien sino que también pueden hacer el mal. De ahí que el mal (o la imperfección) puede hacerse presente en el mundo a través de seres perfectos en virtud de su libertad. Así, la conclusión de aquel razonamiento que dice que “las criaturas perfectas no pueden hacer lo que es imperfecto”, es falsa. De hecho sí lo pueden hacer, precisamente por eso: porque son perfectas.

    -A. H. Toledo

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  • UCLi 7 December, 2008 at 1:10 pm

    Amar libremente

    Cuando se dice que las personas son moralmente perfectas (ya sea personas humanas o personas angélicas), se quiere decir que lo son por el hecho de ser libres. Es decir, que la perfección moral absoluta radica en la capacidad real de optar sobre lo que se hace. Dios hizo así al ser humano. Lo creó “a su imagen; lo creó a imagen de Dios” (Génesis 1:27). Y eso era “muy bueno”. Lo hizo así para que pudiéramos ser ‘como Él’, para que pudiéramos amarlo, y pudiéramos hacerlo libremente. Porque si Dios nos hubiera ‘programado’ para amarlo, por ejemplo, entonces no lo hubiéramos podido amar de verdad, porque el ‘amor forzado’ no es verdadero amor. De hecho, el concepto complejo ‘amor forzado’ está compuesto por dos términos contradictorios. Tú puedes amar a Dios si así lo deseas, pero también puedes decidir no amarlo, y todo ello en base a tu perfecta libertad. De ahí se desprende que está mal (muy mal) que alguien te fuerce a amar a Dios, como también lo es que te fuercen a no amarlo.

    -A. H. Toledo

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  • UCLi 7 December, 2008 at 1:12 pm

    Potencia y actualidad del mal al decidir

    Dios, al hacer al hombre perfectamente libre, lo hizo sabiendo que permitiría la posibilidad del mal. Porque para que una persona pueda ser libre (verdaderamente libre, como Dios) se debe tener la capacidad no solo de optar por el bien sino también por el mal. Y si alguien dice que ‘Dios tomó el riesgo a sabiendas’, está completamente en lo cierto. De modo que cuando sucedió lo que sabemos que sucedió—la desobediencia de los primeros hombres—, el Señor no fue sorprendido, pues siempre conoció la posibilidad de que sucediera. Y no es que esté diciendo que Dios “sabía que eso iba a pasar”. Lo que digo es que Dios solo “sabía que eso podía pasar”. ¿Se nota la diferencia? En este sentido decimos que Dios es omnisciente, porque “sabe todo lo que puede pasar”. Y por supuesto que eso no hace a Dios responsable por el mal. Dios podría ser el ‘responsable por el pecado del hombre’ solo en caso de que el hombre no fuera libre para decidir. Pero es el caso que todo ser libre es el propio responsable de lo que libremente hace.

    -A. H. Toledo

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  • UCLi 7 December, 2008 at 1:15 pm

    Libre albedrío

    “¿Es el libre albedrío la capacidad de hacer todo lo uno quiere?”, me preguntan a veces. Mi respuesta es: No. Por ejemplo, yo quiesiera volar como las aves, pero no puedo hacerlo. El libre albedrío simplemente es la capacidad de decidir entre dos o más opciones o alternativas dentro de los límites de lo posible. De modo que lo opuesto a la libertad no es el tener menos opciones sino el ser forzado a “optar” por una cosa y no por otra. Me exlpico…

    Si cinco opciones me las redujeran a dos, ¿estoy siendo “menos libre”? Claro que no. ¿Por qué? ¡Pues porque mientras tenga opciones tengo libertad! No hay grados en la libertad: se es libre o no, y sanseacabó. Pero si alguien me quiere engañar diciéndome que solo tengo “una opción”, realmente no sabe lo que dice, o se engaña a sí mismo, porque ‘una opción’ no es absolutamente ‘opción’. ¡No existe una opción! Las opciones lo son sólo de dos para arriba. Entonces, ¿mientras más opciones tengo soy más libre? Claro que no. “Más libre” otra vez implica grados de libertad, lo cual no es posible. O somos libres o no lo somos. Más bien, la verdadera libertad es aquella que puede optar sin trabas entre todas las opciones, sean solo dos o doscientas.

    A. H. Toledo

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  • UCLi 7 December, 2008 at 1:20 pm

    ¿Dios puede decidir/optar por el mal? ¿Puede Dios hacer cosas malas dado que es un ser perfecto, y por tanto libre?

    Definitivamente no. Dios no puede hacer cosas malas. Dios no puede hacer el mal; y esto no significa que porque no puede hacer el mal (es decir porque no tiene la opción de hacer el mal) eso lo hace un ser imperfecto en cuento a su libertad. ¿Me permiten poner un ejemplo?

    Dios fue perfectamente libre para optar entre crear o no el universo, pero ninguna de esas opciones era “mala”. Si Dios creó, estuvo “bien en gran manera”, pero Dios también pudo no haber creado nada. Sin embargo, de cualquier manera habría estado bien. Todo lo que Dios decida hacer está bien; por eso es Dios.

    Permítanme explicarlo de otra manera.
    Recuerden que el mal es la ausencia del bien o de lo que es correcto dentro de la forma en la que Dios diseñó el universo. Dios estableció leyes que gobiernan el universo físico, de modo que ir en contra de ellas (como arrojarnos desde un quinto piso sin paracaídas) no solo está mal sino que nos provocará un gran mal. Pero otro tipo de leyes que Dios le impuso al universo fueron las leyes morales, las cuales son incluso más importantes que las primeras—aunque, de igual manera, violarlas conlleva grandes males. Las criaturas no anulamos las leyes de Dios, son ellas las que nos pueden anular a nosotros.

    Los primeros seres humanos cometieron el mal, y sufrieron las consecuencias porque violaron una ley moral impuesta desde fuera de ellos. La ley allí estaba, ellos no la inventaron: les fue dada. Dios la impuso. ¿Me explico? Lo que quiero decir es que una decisión solo puede ser calificada como “mala” cuando ha violado una ley impuesta a la persona desde afuera de ella misma y por un ser superior a esa misma persona. Por eso Dios, como persona, no puede hacer el mal, porque fuera-y-por-encima-de-Dios no hay ninguna otra persona que le pueda imponer leyes (o límites) a su conducta. Si fuera-y-por-encima-de-Dios hubiese Otro, en primer lugar Dios no sería más Dios, sino quien le estuviera “por encima”. En segundo lugar, de existir el “Dios de dios”, el primero le tendría que imponer leyes y límites a la conducta del segundo; entonces “Dios” sí podría tener ahora la opción del mal e, incluso, ya haberlo cometido. Pero es el caso que no es así con el Infinito y único Dios-Creador, como sí lo es con los finitos-creados-seres humanos.

    -A. H. Toledo

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  • UCLi 7 December, 2008 at 1:21 pm

    Estar enajenado

    El individuo enajenado es aquel que es “forzado a elegir” (¡Vaya par de conceptos contradictorios!) una cosa y no otra. Está ‘enajenado’ por que debiendo ser capaz de ejercer su propia voluntad, no obstante está forzado por otra voluntad que no es la suya. Se dice que “esta fuera de sí”, que “no es dueño de su voluntad”. La voluntad que lo guía es ‘ajena’. Está `poseido´ por otra voluntad, una ‘voluntad externa’. Por eso se dice que los esclavos, los endemoniados, los siervos, ciertas personas adultas (al menos las que debieran hacerse responsables por sus decisiones libres, pero “no les dan permiso”) y cualquier otra persona de quien no procedan sus propias elecciones existenciales, está enajenada. Y estar enajenado está mal. Es malo. Porque donde debiera haber libertad de elección se carece de ella. Entonces, ser libre es bueno aunque libremente se pueda hacer lo malo.

    A. H. Toledo

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  • UCLi 7 December, 2008 at 1:24 pm

    Me preguntaba un joven: “Soy menor de edad y mis padres dicen que debo estar sujeto a su voluntad porque eso honra a Dios. ¿Significa eso que me encuentro enajenado?”

    “No”, le dije. “Solo se te está enseñando a manejar el estupendo don divino de la libertad.”

    Entiendo que el único caso en el que no está mal que “una voluntad ajena” determine la voluntad de otro (y digo que “no está mal” porque Dios mismo así lo estableció), es cuando los padres de familia están obligados a ordenar la conducta de sus hijos cuando estos aun no han alcanzado la edad adulta (Y es que mientras los hijos son menores de edad, los únicos responsables de la conducta social de ellos, son los padres). Una vez alcanzada la edad adulta, el obedecer a los padres ya no es obligatorio, aunque siempre lo será el honrrarlos.

    El problema con la enajenación injusta de la libertad de los hijos cuando ya son mayores de edad, radica, en primer lugar, en una pésima definición del concepto de mayoría de edad; en segundo lugar, en una confusión terminológica: la mayoría de los padres identifican la honrra paterna con la obediencia incuestionable y permanente. Por lo demás, un hijo adulto que pueda estar permitiendo la alienación de su propia libertad, quizá lo haga porque tal situación le esté representando comodidades.

    A. H. Toledo

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  • UCLi 7 December, 2008 at 1:26 pm

    Los cristianos que se califican a sí mismos como “esclavos de Cristo” y que dicen dejarse “guiar por la voluntad de Dios”, ¿están enajenados?

    Mi respuesta es otra vez “No”. El individuo que es guiado por la voluntad de Dios no está enajenado en un sentido estricto, y esto es así por que la voluntad neotestamentaria de Dios sólo `guía´, pero no manipula ni obliga. Es más, sólo “los que son guiados por el Espíritu de Dios, son hijos de Dios” (Romanos 8:14). Pero solo hijos, no esclavos.

    Jesucristo no vino a esclavizar a nadie. El vino a liberar a quienes fueron enajenados (esclavizados) contra su voluntad. Por eso, el cristiano que se esclaviza a Cristo, ‘se enajena voluntariamete’, lo cual no es una enajenación absoluta. El hombre no cristiano es enajenado aunque no quiera. El hombre cristiano ‘se enajena por que quiere’. El verdadero esclavo lo es sólo en contra de su voluntad, pero el que se ‘esclaviza a Cristo por su propia voluntad’ no es esclavo en absoluto, por la presencia de ‘la propia voluntad’. En la verdadera esclavitud no hay ‘propia voluntad’. Sólo hay voluntad ajena. Enajenación.

    -A. H. Toledo

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  • UCLi 7 December, 2008 at 1:31 pm

    Injusta enajenación en el sistema de cárceles

    A las personas que hacen el mal hay que infligirles dolor, pero no privarlas de su libertad. Y se les debe causar dolor para que lleguen a ser conscientes del carácter dañino de su conducta y para que tengan la oportunidad de renunciar a ella. Causar dolor al malvado no es criminal como sí lo es enajenarlo, es decir, privarlo de su libertad.

    La autoridad pública -la cual está instituida por Dios (Romanos 13:2), a la cual todos debemos someternos porque ‘fue establecida’ para infundir terror a los que hacen lo malo (verso 3) y que ‘no en vano lleva la espada para impartir justicia y castigar al malhechor’ (verso 4)- comete un serio error cuando en lugar de usar ‘la espada’ para hacer justicia castigando al malvado, cae en la injusticia, enajenando voluntades.

    Creo que cuando el Estado recurre a la enajenación sistemática de voluntades mediante los sistemas de cárceles que privan de la libertad, sólo están mostrando su falta de carácter para ejercer su autoridad mediante la espada que lastima (que no enajena) o porque proyectan su propia culpabilidad por cometer crímenes iguales o parecidos a aquellos que debieran castigar. Por eso, si la privación de la libertad por el sistema de cárceles (lo que llamo “enajenación por el Estado”) fuera la solución a la criminalidad, entonces una o muy pocas cárceles pondrían orden en el caos social de la ingobernabilidad que estamos viviendo. Pero sabemos de pequeñas sociedades en donde una sola cabeza injusta caída bajo el filo de la espada justa, ha sido suficiente para ‘infundir terror’ a los malhechores, para disuadirlos de más maldad y para traer paz social.

    Por el contrario. Pareciera ser cierta la tesis de que la sistemática privación de la libertad por el Estado (la cual considero siempre injusta) lo único que ha creado es una subcultura de hombres y mujeres que, dentro de los límites del espacio de su reclusión, continúan las misma prácticas que los hicieron reos indeseables.

    Todo lo anterior implica que la Escritura pone sobre los hombres del Estado la responsabilidad social de ‘cortar del pueblo’ al malhechor necio e indeseable que piensa que todas las opciones que tiene enfrente son socialmente buenas. El Estado, el cual “está al servicio de Dios” (Romanos 13:4), lo está para mostrar al hombre libre que no todas las opciones que tiene enfrente son socialmente buenas. Debe mostrarle al hombre libre que algunas de las opciones sólo responden a inclinaciones egoístas y que no debiera optar por ellas. Por supuesto, recuerden que el individuo aunque no deba, sin embargo puede optar por ellas en virtud de su perfecta libertad de elegir el mal. Pero el mal no debe ser aplaudido sino severamente castigado.

    Me despido de ustedes diciendo que sólo quien es castigado puede discernir entre lo bueno y lo malo. Sólo quien discierne entre lo bueno y lo malo es capaz de arrepentirse de su mal. Sólo el que se arrepiente de su mal es capaz de experimentar el perdón. Sólo quien es perdonado tiene la oportunidad real de iniciar o de volver al camino del bien. Por eso, “¡Dichosos aquellos a quienes se les perdonan las transgresiones y se les cubren los pecados!” (Romanos 4:7).

    A. H. Toledo

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